El huracán María no me dio ganas de vivir una aventura. Me dio ganas de encontrar una salida que permaneciera abierta. Puerto Rico ya era difícil para cualquiera que tratara de construir una vida predecible, pero después del huracán la incertidumbre se volvió parte de la rutina. El mercado de trabajo empeoró. Los apagones dejaron de sentirse excepcionales. Cualquier plan dependía de que los sistemas a nuestro alrededor funcionaran.

Yo tenía dos hijos en aquel momento. Eso cambió la pregunta por completo.

Fue una decisión familiar

Si hubiese estado solo, tal vez habría tolerado más inestabilidad. Los adultos podemos convencernos de que la lucha es temporera o hasta romántica. Los niños no escogen los sistemas en los que crecen. Su seguridad, educación y sentido de lo que es normal dependen de decisiones que toman los adultos.

Estados Unidos ofrecía más empleos e instituciones conocidas, pero no se sentía automáticamente como la alternativa más segura. Los tiroteos escolares pesaban mucho en mi decisión. También me preocupaba una cultura que frecuentemente trata la inseguridad, el exceso de trabajo y el miedo como el precio de las oportunidades.

Japón no era perfecto. Nunca pensé que lo fuera. Pero ofrecía una combinación que me importaba: seguridad física, infraestructura funcional, buena educación y la posibilidad de vivir cómodamente sin organizar la vida familiar alrededor de una crisis constante.

Llegué en 2018 con la intención de quedarme.

Irme no fue rechazar a Puerto Rico

Crecí en Magas Arriba, Guayanilla. Mis abuelos habían heredado su casa. Dos primos vivían en otra casa en el mismo patio. Mis padres estaban divorciados, y yo pasaba fines de semana y veranos en lo que normalmente llamaba la casa de mi papá, aunque emocionalmente era también la casa de mi abuela. Pasaba muchísimo tiempo con ella.

Nunca fui la persona más conectada con la versión convencional de la cultura puertorriqueña. Era el chamaquito rebelde y skater, formado por la cultura alternativa, RuneScape y el internet. Aun así, tocaba el cuatro. Cuando estaba en escuela intermedia viajé dos veces al desfile puertorriqueño en Nueva York para tocar, y también fui a Florida. El mofongo sigue siendo mi comida favorita, aunque es demasiado difícil conseguirlo donde vivo ahora.

Irme no borró nada de eso. Hizo que los detalles ordinarios se volvieran más visibles.

Japón no es una superioridad moral

Algunos extranjeros hablan de Japón como si los japoneses fueran disciplinados, respetuosos o iluminados por naturaleza. Eso nunca me ha hecho sentido. Los japoneses son personas. Aquí hay bondad, crueldad, competencia, prejuicio, generosidad, burocracia, sabiduría y disparates, igual que en cualquier otro lugar.

Mudarme aquí no fue cambiar una cultura imperfecta por otra superior. Fue escoger otro grupo de ventajas y problemas.

Japón puede ser aislante. Las instituciones pueden ser inflexibles. A veces los extranjeros son tratados como personas que nunca pertenecerán completamente. El idioma cambia cuánta independencia uno tiene hasta en situaciones sencillas. Ninguno de esos problemas borra lo que funciona bien, y lo que funciona bien tampoco excusa los problemas.

Puedo apreciar a Japón sin venerarlo.

Lo que realmente trataba de comprar

La migración normalmente se explica con números: salario, renta, impuestos y tasas de cambio. Todo eso importa, pero yo trataba de comprar algo más difícil de enseñar en una hoja de cálculo.

Quería una confiabilidad aburrida.

Quería que tener electricidad no fuera noticia. Quería que mis hijos fueran a la escuela sin ese miedo particular que produce la violencia escolar estadounidense. Quería espacios públicos donde la vida familiar se sintiera normal y segura. Quería suficiente estabilidad para terminar lo que había comenzado académicamente, seguir trabajando, construir negocios y todavía estar presente como padre.

La comodidad no siempre es lujo. A veces es simplemente la ausencia de una emergencia semanal.

La decisión siguió desarrollándose

La mudanza no resolvió mi vida. Trabajé mientras completaba un doctorado en Genética en SOKENDAI, con un enfoque relacionado con Ciencias Biomédicas. Crié hijos. Aprendí cómo funcionan las instituciones cuando uno no llega con el idioma ni con el trasfondo esperado. Seguí desarrollando sitios web y fuentes de ingreso hasta que dejar la academia se convirtió en una decisión realista.

El resultado no fue la vida que imaginaba cuando era niño en Guayanilla. Se construyó con decisiones que ese niño jamás habría podido predecir: el Ejército, Irak, la ciencia, ser padre, un huracán, Japón y el internet.

Me fui porque Puerto Rico se había vuelto demasiado incierto para el futuro que quería darle a mis hijos. Me quedé porque Japón nos dio suficiente estabilidad para construir algo más grande que la mera supervivencia.